
Obviamente estoy emulando el célebre título de Adorno, cuando habla de la jerga de la autenticidad, y pretendo seguir la idea central de su texto que, por cierto, no comparto para el caso que él trata. Pretendo hablar hoy, así sobre la marcha, de un mal, una virulenta enfermedad que se extiende a todo el ámbito de la filosofía académica. Pero no quiero hacerlo de una forma rigurosa, dado que estoy escribiendo en un ataque de empacho wittgensteniano (un tio que da dignidad a la filosofía, por cierto), sino simplemente apuntar un par de cuestiones.
Una de las grandes disputas filosóficas se centra en la definición de la propia disciplina. Ya el asunto es preocupante, estamos en el seno de una disciplina, la estudiamos, y, desde el comienzo, la definición de qué sea lo que estudiamos está poco clara. La disparidad de criterios está en la base de los cismas que dentro de la academia se han producido durante el siglo XX. Excluyendo la gran cantidad de escuelas una de las rupturas más representativas, por dispares entre sí, viene representada por la ruptura que, a comienzos del s. XX, inician una serie de filósofos con respecto a lo que venía siendo hasta ahora la filosofía. Desdeñando más de veinte siglos de historia rompieron con todo el legado filosófico para iniciar una rama que, desde sus comienzos, se abre con una disputa violenta contra la filosofía pasada y presente (realmente considero la filosofía analítica profundamente enriquecedora). Siendo poco rigurosos podemos decir que estos filósofos fundaron la corriente analítica de la filosofía. La filosofía analítica se distingue de la continental por una diferencia de base, una diferencia en la concepción de qué sea eso de la filosofía. La definición de su disciplina por parte de un filósofo analítico viene a chocar con la definición de un, pongamos, hermenéuta o fenomenólogo, viene a chocar de forma irreconciliable. Pero no es mi pretensión dedicarme a decantarme por esta o la otra definición (en realidad la disputa analítica-continental que algunos caldean un día sí y otro también pertenece al ámbito extrafilosófico y es una disputa totalmente infumable, vacía y ridícula, como lo puede ser la disputa sobre si Heidegger fue nazi o Schopenhauer acudía regularmente a putas, disputas éstas últimas que han llenado libros y libros), sino que hago notar la disparidad de definiciones para recrear cómo se vive desde el seno de la filosofía el propio transcurso de ésta.
En toda esta niebla de definiciones parece que cada cual interpreta según su conveniencia lo que es filosofía y lo que no lo es, casualmente, en el ámbito académico todo el mundo reivindica para sí la autenticidad de su teorizar y la inautenticidad del teorizar del prójimo. De tal forma que en una facultad cualquiera podemos encontrar gente estudiando las cosas más variopintas y disparatadas considerando que su labor aborda el núcleo de la mismísima filosofía. En una situación donde todo vale, sentarse frente a la computadora y escribir las ocurrencias matutinas pasa por filosofía en cualquier revista sancionada por la academia. Abres la revista de cualquier facultad y encuentras una cantidad desconcertante de morralla bajo la etiqueta de filosofía, en el ámbito editorial (mientras puedas pagar la edición y acreditar un cierto status académico, te publican cualquier mierda). Una cosa, ciertamente, prima. Emplear la "jerga del filósofo". En el comercio teórico del presente muchas palabras ya dan el caché necesario para que ese artículo sea encumbrado al altar de la genuina filosofía. [ el autor borra esta parte del artículo donde se señalaban palabras de la jerga para animar al lector a que proponga algunas].
Todo esto, bajo mi juicio, no es más que la telaraña de los delirios de la gente, que emplea la filosofía, incluso viven de ella, como método catártico para mantener una cierta salubridad psíquica. La filosofía es el "saco" donde todo está permitido con la total y absoluta impunidad. Dos opciones se abren para el aspirante a filósofo, estudiar o, simplemente, opinar alegremente. La mayoría opta por esta segunda alternativa y, en efecto, llegan lejos.
Si bien creo que la filosofía no puede ser definida positivamente, pues perdería su riqueza, 20 siglos de experiencia filosófica nos permiten definirla por negación. Esto, esto otro y aquello... eso no es filosofía. No quiero decantarme, aunque tengo claro que muchas cosas de las que se escriben están más en el ámbito del delirio, la locura y la egolatría que en el estricto ámbito de la filosofía. Mientras tanto, algunos, creemos todavía que el acceso a la filosofía pasa por el arduo estudio, que para leer a Heidegger tienes que saber Alemán, que para leer a Mill tienes que saber inglés, que para hablar de fenomenología tienes que leer a Husserl, que para opinar de esto o de aquello tienes que conocerlo en profundidad. Todo esto teniendo presente que conocer a Kant, a Hegel etc. no es estudiarlo durante dos años, leerlos en inglés (porque el alemán es un coñazo o en la traducción de "fulano mendoza" en la editorial "porrua") o ir a cuatro seminarios acerca del susodicho, sino que conocer a Kant, conocer a Hegel es la labor de una esforzada vida y, también, por eso hay que estudiarlos, la única puerta hacia la filosofía.
Claro que me gustaría decantarme y señalar, y hasta sacaría un par de artículos que tengo para ilustrar aquello que no pasa del delirio (citas erróneas, lecturas mal digeridas, estupideces apologéticas, joder tengo frases increibles *lean el nuevo premio anagrama de ensayo "La ceremonia del porno" y tendrán un ejemplo de encadenamiento estúpido de tópicos baratos). Pero no quiero hacerlo por un motivo evidente, odio la disputa y, además, me parece que resulta dogmático intentar extirpar el delirio de la filosofía, programa que sólo conduciría a una quema de brujas aún más delirante.