El ser humano vive permanentemente inmerso en la comprensión, en esta línea, su modo de ser es la comprensión y, gracias a ésta, se orienta en todos los planos de su vida. Es éste uno de los logros de la filosofía heideggeriana que empleó fructíferamente como legado la filosofía hermeneútica. La "hermeneútica", tras Gadamer, no es la práctica del enfrentarse a textos sino una forma de dar cuenta del modo de ser propiamente humano y de su actividad más constante, la actividad comprensiva. Quedan atrás los intentos de elaborar una metodología de la comprensión dispuesta para la aplicación en la lectura e interpretación de textos. La comprensión se da espontáneamente en el seno de la vida y no puede ser forzada para que emerja a través de un método.
Más allá del resultado que aquí hemos expuesto y qu ese hace explícito en la filosofía de Gadamer se pueden obtener conclusiones que, muy desviadas del sendero gadameriano, apuntalan intuiciones permanentes en la historia de la filosofía. En primer lugar, la comprensión emerge desde una dialéctica de poder o no-poder, no es posible qu ese dé la comprensión donde espontáneamente no emerge del sujeto. Luego, frente al texto, la desigualdad humana, la potencia e impotencia del sujeto, se hace patente. La mala comprensión no es un problema metodológico, sino un no-poder insalvable que difícilmente podrá ser subsanado. Cierto que se puede aspirar a una mejora comprensiva mediante una ganancia en claridad en lo que a la situación histórica se refiere mas cuando, aún así, la comprensión no se da o se da mal, erróneamente, la frontera será infranqueable.
Desde estar perspectiva surge una aristocrácia filosófica que, frente al texto, tiene la virtud de poder, espontáneamente, sacarle un sentido, un momento de verdad y, por contraste, un segmento que se sitúa del lado del no-poder. Quizá la disparidad interpretativa se sitúe más en este terreno que en el terreno de las diferencias intrísecas a las subjetividades.
En segundo lugar, me gustaría exponer lo que, bajo mi punto de vista, se hace obvio en el momento de comprensión. Ante todo, el que comprende un texto comprende también sus líneas causales fundamentales, con lo cual es incapaz de enfrentarse a él negándolo dogmáticamente. No resulta de este suceso que el lector, el hermeneúta, en la comprensión pierda su propia postura filosófica sino que, al comprender el texto, es capaz de someterlo a la duda sin caer en la negación automática. Creo que las posturas que se enfrentan a la historia de la filosofía desde su negación absoluta lo hacen, no por convicción, sino por impotencia, por un no-poder comprender. Con esto, la actitud comprensiva retoma, cuando se da, uno de los puntos capitales de la filosofía, la constante convivencia con la duda y con la incertidumbre.