Más allá del espejo, de mi soledad, todos se empeñaban en retomar estos términos, todos se empeñan en convertir el mundo en algo que sólo puede tener dos caras. Las dos caras, pensar como si todo poseyera sólo dos caras, como una moneda, es la más empobrecedora de las actividades mentales. Las dos caras empobrecen, incluso más, embrutecen hasta límites insospechados. Y es que tales dos caras no existen, no están en ningún lugar, todo es poliédrico, más incluso que poliédrico, inconmensurable incluso. Cuando ya no estoy sólo, cuando oigo hablar, he aprendido a oler que enseguida se recurre al pensar de las dos caras de forma compulsiva, una manía que la humanidad no ha sabido sacarse de encima. Demasiado parecida a la idea de que existen verdades y, por tanto, mentiras. Es más, creo que el pensar de las dos caras proviene de la distinción, típicamente occidental, típicamente platónica, de pensar que existen verdades (ideas) y mentiras (entes). Primero se gestó la manía de pensar que existen verdades y después se comenzó a pensar todo según el patrón de que existen, en cada cosa, dos caras. La gente que se entrega al pensar de las dos caras, además de perderse para sí mismos, tiende a decantarse por una cara ( la verdadera, la buena, la justa) y odiar, aborrecer, la otra cara (la mala, la falsa, la injusta). Por eso también adquirieron la típica manía de guerrear, porque una guerra no puede darse entre cinco o seis, sino que si existen tales cinco o seis se agrupan y terminan siendo dos caras, dos bandos: el bueno y el malo. El que piensa según las dos caras termina siempre, sin ningún tipo de posibilidad de huida, en alguna guerra y, con ello, colocando su vida sobre la mesa, dejándola al azar de la propia guerra. Nunca se ha dado una guerra poliédrica, porque tal cosa es imposible. Lo poliédrico es contrario a la violencia porque es fino y delicado, está demasiado lleno de matices y, cuando se llega a lo poliédrico, ya se es demasiado fino y delicado como para entregarse a la guerra. La gente culta no cultiva un saber en sí, realmente no tiene por qué ser erudita, simplemente ha desarrollado un sentido especial hacia lo poliédrico que le permite mantenerse en el cultivarse que, finalmente, se puede observar siempre por un especial estado o temple de ánimo. Muchas veces he pensado que la gente culta se reconoce, incluso en la lejanía, a más de cien metros, a más de doscientos, por su especial temple de ánimo que los marca de forma radical. Por supuesto que la gente que no se ha cultivado no puede detectar a las personas que sí se cultivan porque como sólo practican el pensamiento de las dos caras son incapaces de ver más allá de lo que pueden catalogar como bueno o malo.
Desde este día que descubrí, frente al espejo, la existencia de una forma de pensar que sólo se centra en la existencia de dos caras me he esforzado por escapar y, como puede seguirse de lo que he dicho anteriormente, emplearme en el cultivarme como persona. Sin embargo, tengo que reconocerlo, no he logrado mi fin. Ésto lo puedo asegurar por el simple motivo de que son incapaz de reconocer a la gente culta de manera inmediata, me cuesta en muchas ocasiones un largo tiempo lograrlo. Muchas veces he creído dar con tales personas y, con el paso del tiempo, he visto que no eran personas que hubieran logrado cultivarse porque, tarde o temprano, emergía en ellas alguna reflexión que comprendía un pensar en clave de dos caras. Lo que sí soy capaz de reconocer es la gente que para nada está cultivada, me parece, incluso, que podemos reconocerlas ya en sus movimientos y en sus primeras palabras, muchas veces, podemos reconocerlas simplemente por su apariencia que, con el paso de los años, se va desarrollando de tal manera que denota su pobreza de pensamiento. No me cabe la menor duda, aunque me ha costado llegar a tal conclusión, que la imagen física de los primeros años de vida, de la juventud, se debe a cuestiones esencialmente biológicas pero que, a partir de los treinta años, la apariencia física que uno desarrolla es exactamente la apariencia que surge desde el interior, en concreto, desde el intelecto. Cuando con sesenta años se es aborrecible es porque se ha desarrollado un intelecto aborrecible que ha terminado por salir al exterior y proyectarse sobre el físico personal. A veces, con tan sólo veinte años, ya se nota que el físico se está haciendo acorde a la ineptitud intelectual. Los gestos, a esta edad, son aún más esclarecedores pues todavía no han podido moldearse los rasgos que muestran el interior. Con veinte años y unos gestos abruptos, violentos, con un hablar desaforado y con un temple de ánimo totalmente destemplado se es una mala persona con total seguridad. La humanidad, así lo muestra la historia y los grandes pensadores, siempre ha tenido, aunque no de forma consciente, este conocimiento fundamental para las relaciones humanas, es decir, han tenido la intuición de que los rasgos físicos y el temple de ánimo muestran, ni más ni menos, que a la verdadera persona que hay dentro. ( Thomas Berhudo, Sin, Ediciones Nichts, Barcelona, 2004, p. 154)
26.5.08
La mala gente y el pensar de las dos caras.
Hace un par de días comentaba con un amigo, el señor J., cuestiones referentes a la vileza y la abyección en general. Aunque un poco sobrepasado expuse mi teoría sobre el juicio inmediato, una absoluta estupidez de la que no he logrado deshacerme, como ahora mostraré, pese a ciertos años de experiencias contrarios a tal teoría. Así que, rebuscando por ahí, en los archivo del ordenador, he encontrado unos breves extractos que exponen, desde el irracionalismo más salvaje y, hay que reconocerlo, con una prosa repetitiva y empobrecedora todo lo que sobre la vileza y la abyección puedo decir. Señor J. he aquí el breve resumen de la cuestión:
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Onanismo
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23.5.08
Psicoanálisis y construcción del género.

A través de un análisis no muy exhaustivo pero sí penetrante de las aportaciones del psicoanálisis, en especial a través de los textos freudianos de "Duelo y melancolía" y "El yo y el ello", Judith Butler concluye que desde una perspectiva psicoanalítica el género no se presenta como naturalizado, igual sucedería con la geografía erógena del cuerpo. Sin darle pretensiones de validez pero sí destacando esta conclusión Butler perfila la idea que, sin duda, resulta sorprendente:
Si la diferenciación de género es el resultado del tabú del incesto y del tabú anterior a la homosexualidad, en ese caso "convertirse" en un género es un procedimiento laborioso de naturalizarse, lo cual exige una distinción de placeres y zonas del cuerpo sobre la base de significados de género. Se afirma que los placeres radican en el pene, la vagina y los senos o que surgen de ellos, pero tales descripciones pertenecen a un cuerpo que ya ha sido construido o naturalizado como concerniente a un género específico. Es decir, algunas partes del cuerpo se transforman en puntos concebibles de placer justamente porque responden a un ideal normativo de un cuerpo con género específico. En cierto sentido, los placeres están fijados por la estructura melancólica del género, mediante la cual algunos órganos están dormidos para el placer y otros se despiertan. Qué placeres se despertarán y cuáles permanecerán dormidos normalmente es una cuestión a la que recurren las prácticas legitimadoras de la formación de la identidad que se originan dentro de la matriz de las normas de género. (Judith Butler, El género en disputa, Paidós editorial, Barcelona, 2007, trad. María Antonia Muñoz, pp. 158-159)
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22.5.08
Cultura y formación.
El ser humano se caracteriza por la ruptura con lo inmediato y natural que le es propia en virtud del lado espiritual y racional de su esencia. "Por este lado él no es por naturaleza lo que debe ser"; por eso necesita formación. Lo que Hegel llama la esencia formal de la formación reposa sobre su generalidad. Partiendo del concepto de un ascenso a la generalidad, Hegel logra concebir unitariamente lo que su época entendía bajo formación. Este ascenso a la generalidad no está simplemente reducido a la formación teórica, y tampoco designa comportamiento meramente teórico en oposición a un comportamiento práctico, sino que acoge la determinación esencial de la racionalidad humana en su totalidad. La esencia general de la formación humana es convertirse en un ser espiritual general. El que se abandona a la particulardidad es "inculto"; por ejemplo el que cede a una ira ciega sin consideración ni medida. Hegel muestra que a quien así actúa lo que le falta en el fondo es capacidad de abstracción; no es capa ze apartar su atención de sí mismo y dirigirla a una generalidad desde la cual determinar su particularidad con consideración y medida. ( Hans-Georg Gadamer, Verdad y Método, Edición española -la única que hay-, p. 41)El ser humano experimentado es siempre el más radicalmente no dogmático, que precisamente porque ha hecho tantas experiencias y ha aprendido de tanta experiencia está particularmente capacitado para volver a hacer experiencias y aprender de ellas. (Idem, p. 432)
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Gadamer,
Hermenéutica
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16.5.08
Estilo y normatividad.
El valor subversivo del estilo filosófico:
Ni la gramática niel estilo son políticamente neutros. Aprender las reglas que rigen el discurso inteligible es imbuirse del lenguaje normalizado, y el precio que hay que pagar por no conformarse con la pérdida misma de inteligibilidad. Como me lo recuerda Drucilla Cornell, que sigue la tradición de Adorno: no hay nada radical acerca del sentido común. Considerar que la gramática aceptada es el mejor vehículo para exponer puntos de vista radicales sería un error, dadas las restricciones que la gramática misma exige al pensamiento; de hecho, a lo pensable. (Judith Butler, El género en disputa, Paidós, Barcelona, 2007, trad. Mª Antonia Muñoz, p. 22.)
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12.5.08
La Seelenfreundschaft traicionada.
Husserl escribe en su correspondencia privada en 1928 las siguientes líneas sobre el discípulo en quien había depositado sus esperanzas:
«No hago ninguna declaración sobre su personalidad: para mí ha llegado a ser totalmente incomprensible. Durante casi una década fue mi más íntimo amigo; este revés en mi estima intelectual y en mi relación con su persona fue uno de los golpes más duros del destino que recibí en toda mi vida». La traición de Heidegger «atacó las raíces más profundas de mi ser».
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El valor de un encuentro.

Posiblemente el azaroso encuentro más importante en la filosofía del siglo XX:
Desde Jaspers y Sartre hasta Lévinas, Habermas y Derrida, el existencialismo, la fenomenología (véase Merleau-Ponty o Granel), el postestructuralismo y la deconstrucción se pueden interpretar como notas marginales —si bien formidables por derecho propio— al encuentro Husserl-Heidegger. (G. Steiner, Lecciones de los maestros, Siruela, Madrid, p. 55)
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11.5.08
Desembarazarse de la filosofía.
En la lingüística, como el cualquier disciplina particular, existen dos recursos principales para desembarazarse de la obligación teórica y del trabajo teórico responsable que una reflexión filosóficas implica. El primer camino significa admitir de entrada todas las opiniones fundamentales ( eclecticismo académico), el segundo es el de no aceptar ningún punto de vista fundamental y proclamar el "hecho" como la última base y el criterio de todo conocimiento (positivismo). ( Valentin N. Voloshinov, El marxismo y la filosofía del lenguaje, Alianza Editorial, Madrid, ????, p. 94)
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Filosofía
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La conjura de los mediocres.
Siguiendo las líneas del célebre J.K. Toole pretendo dejar por aquí presente una de las afirmaciones más esclarecedoras que sobre Heidegger se han hecho, en clara alusión al artículo que hace uno días publicaba dedicado a Mario Bunge, con esto me reencuentro con este espacio y prometo publicación periódica :
Pensamos —dice Beaufret—, que si bien Heidegger nunca hizo nada que pudiera motivar las imputaciones que se le hacen [...] es alguien que se sale lo suficiente de lo común para suscitar en contra suya la conjura de los mediocres en nombre de la mediocridad. Según pienso, y según piensa René Char, es simplemente caritativo no entrar en mayores detalles. (Jean Beaufret, "Al encuentro de Heidegger. Conversaciones con Frédéric de Towarnicki", Monte Ávila Editores, Caracas, 1987, p. 117 (Décima conversación, primera respuesta).
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