
Frente al peso de lo simbólico y lo irracional en el psicoanálisis Alfred Adler, que comenzó su carrera adhiriéndose a la escuela de Freud, se rebela proponiendo un modelo donde no primen las explicaciones irracionales de las conductas sino donde se ponga el énfasis en procesos racionales aunque de orden inconsciente. Una muestra de ello es el siguiente párrafo que sirve como explicación de la conducta neurótica, mucho tenemos aquí de folk psychology, aunque no por ello parece desechable:
El neurótico se halla tan obsedido por el sentimiento de tener un punto flaco que, sin advertirlo él mismo siquiera, utiliza todas sus fuerzas para construir la superestructura ideal e imaginaria de la que espera ayuda y protección. Y en el proceso de este trabajo su sensibilidad se va aguzando y afinando, aprende a ver cosas allí donde nadie ve nada, a oír lo que escapa al oído de los otros; se hace exageradamente precavido y adquiere el hábito de prever todas las consecuencias de un acto ya antes de emprenderlo, o de un infortunio antes de sufrirlo; se vuelve mezquino, ávido, avaricioso, procurando ensanchar en el tiempo y en el espacio los límites de su influencia y de su poder. Como resultado último de este trabajo, pierde la objetividad, la serenidad y la calma de espíritu, que sólo la salud psíquica y la actividad normal pueden procurar. Cada vez se hace más desconfiado de sí mismo y de los demás, y la envidia, la malignidad y las tendencias agresivas y crueles, con las cuales cree asegurarse la superioridad sobre su ambiente, van tomando un incremento cada vez mayor. O bien procura atraerse y conquistar a los demás afectando una obediencia exagerada, una sumisión y humildad extremas, que suelen degenerar en verdadero masoquismo. Pero estos dos tipos de actitudes, la acometedora y la acometida, la agresiva y la sumisa, la terca y la obediente, así como la exaltada actividad o la pasividad afectada, constituyen simples variantes artificiosas que le son impuestas al neurótico por su finalidad ficticia: por su afán de poder, por su deseo de "estar arriba" de los demás, de afirmar su virilidad. (A. Adler, El carácter neurótico, Paidos, Barcelona, 1993, p. 49)
Finalmente es también interesante apuntar, brevemente, la ordenación causa-efecto que según Adler se produce a nivel inconsciente. Si para Freud los procesos traumáticos se recubren simbólicamente con matices, amplios matices, diría yo, irracionales para luego tender hacia una racionalización a posteriori, ya a nivel consciente, para Adler el proceso es el inverso. Los procesos psíquicos obedecen a procesos racionales y, posteriormente, se recubren, se ocultan, bajo el disfraz de todo un retorcido argumentario más o menos irracional. De ahí, concluye Adler, que la casuística a la que apunta Freud sea de ese orden, sin embargo, en el sustrato causal encontramos procesos perfectamente racionales. ( Empleo reiteradamente racional e irracional por cuestiones de inteligibilidad, aún sabiendo que los contenidos que en tal o cual momento se consideran racionales e irracionales obedecen más al proceso de fabricación cultural que a la tentativa de una fijación universal y atemporal.) El problema de fondo es, sin duda, de gran calado y apunta a preguntarnos por la primacía de lo racional o de lo irracional en nuestra psique.

