Páginas

28.6.08

Una dinámica racional del inconsciente.


Frente al peso de lo simbólico y lo irracional en el psicoanálisis Alfred Adler, que comenzó su carrera adhiriéndose a la escuela de Freud, se rebela proponiendo un modelo donde no primen las explicaciones irracionales de las conductas sino donde se ponga el énfasis en procesos racionales aunque de orden inconsciente. Una muestra de ello es el siguiente párrafo que sirve como explicación de la conducta neurótica, mucho tenemos aquí de folk psychology, aunque no por ello parece desechable:

El neurótico se halla tan obsedido por el sentimiento de tener un punto flaco que, sin advertirlo él mismo siquiera, utiliza todas sus fuerzas para construir la superestructura ideal e imaginaria de la que espera ayuda y protección. Y en el proceso de este trabajo su sensibilidad se va aguzando y afinando, aprende a ver cosas allí donde nadie ve nada, a oír lo que escapa al oído de los otros; se hace exageradamente precavido y adquiere el hábito de prever todas las consecuencias de un acto ya antes de emprenderlo, o de un infortunio antes de sufrirlo; se vuelve mezquino, ávido, avaricioso, procurando ensanchar en el tiempo y en el espacio los límites de su influencia y de su poder. Como resultado último de este trabajo, pierde la objetividad, la serenidad y la calma de espíritu, que sólo la salud psíquica y la actividad normal pueden procurar. Cada vez se hace más desconfiado de sí mismo y de los demás, y la envidia, la malignidad y las tendencias agresivas y crueles, con las cuales cree asegurarse la superioridad sobre su ambiente, van tomando un incremento cada vez mayor. O bien procura atraerse y conquistar a los demás afectando una obediencia exagerada, una sumisión y humildad extremas, que suelen degenerar en verdadero masoquismo. Pero estos dos tipos de actitudes, la acometedora y la acometida, la agresiva y la sumisa, la terca y la obediente, así como la exaltada actividad o la pasividad afectada, constituyen simples variantes artificiosas que le son impuestas al neurótico por su finalidad ficticia: por su afán de poder, por su deseo de "estar arriba" de los demás, de afirmar su virilidad. (A. Adler, El carácter neurótico, Paidos, Barcelona, 1993, p. 49)

Finalmente es también interesante apuntar, brevemente, la ordenación causa-efecto que según Adler se produce a nivel inconsciente. Si para Freud los procesos traumáticos se recubren simbólicamente con matices, amplios matices, diría yo, irracionales para luego tender hacia una racionalización a posteriori, ya a nivel consciente, para Adler el proceso es el inverso. Los procesos psíquicos obedecen a procesos racionales y, posteriormente, se recubren, se ocultan, bajo el disfraz de todo un retorcido argumentario más o menos irracional. De ahí, concluye Adler, que la casuística a la que apunta Freud sea de ese orden, sin embargo, en el sustrato causal encontramos procesos perfectamente racionales. ( Empleo reiteradamente racional e irracional por cuestiones de inteligibilidad, aún sabiendo que los contenidos que en tal o cual momento se consideran racionales e irracionales obedecen más al proceso de fabricación cultural que a la tentativa de una fijación universal y atemporal.) El problema de fondo es, sin duda, de gran calado y apunta a preguntarnos por la primacía de lo racional o de lo irracional en nuestra psique.

Escribidurías, de lo que nadie desea responsabilizarse.

Una característica propia del academicismo imperante en las universidades es la consabida escritura de oídas, tónica general desde tiempos pretéritos, son las célebres "escribidurías" a las que alude este blog y del que éste se compone, una forma más de omitir los matices:

Otra característica más de lo ya-interpretado de la actualidad es que se experimenta de modo justamente no expreso, no actual; es un cómo del existir por el cual todo es vivido. Precisamente porque constituye la publicidad y, en cuanto tal, la normalidad, que está ahí y que cualquiera puede entender fácilmente, nada de lo que pasa se le escapa. El hablilla (Gerede, también traducida como "cháchara" o "habladuría", n.t.) habla de todo con una peculiar falta de sensibilidad para con las diferencias. En cuanto tal normalidad, el "ahora" seguro ,ahora en cuanto lo de siempre, la publicidad es el modo de ser del "uno" (man): uno dice, uno oye, uno cuenta, uno supone, uno espera, uno está a favor de que... El hablilla no es de nadie, nadie se responsabiliza de haberla dicho.
Incluso se escriben libros de oídas. Ese "uno" es el nadie que como un fantasma anda en el existir fáctico, un cómo de la fatalidad específica de la facticidad, fatalidad a la que todo vivir fáctico paga su triubuto. (M. Heidegger, Ontología. Hermenéutíca de la facticidad, Alianza, Madrid, 2008, p. 52, subrayado mío)

18.6.08

Recuperar a Freud.


Resulta llamativo hasta qué punto se ha deteriorado las aportaciones realizadas por Freud a la comprensión del ser humano. Atacado desde multitud de frentes, tanto desde la filosofía, desde la psicología, los estudios de género, la psiquiatría etc. su obra ha ido quedando relegada al nivel de una mera extravagancia y ha sido motivo de burla, más o menos explícita, para filósofos de la talla de Deleuze. Sin embargo, muchos neurobiólogos actuales vienen a sostener que su actividad confirma lentamente muchos de los trazos más gruesos de la obra de Freud. Obviamente esto no aporta legitimidad al conjunto total de su obra pero sí nos advierte de que, quizá, sería importante e interesante recuperarlo para nuestras reflexiones.

Me puso alerta sobre esta cuestión la afirmación de E.R. Kandel cuando asegura que "el psicoanálisis es hasta el momento la más coherente e intelectualmente satisfactoria visión de la mente." (E.R. Kandel, Principios de neurociencias, Mc Graw-Hill, 2001). Después vendrían las defensas a ultranza de Damasio que no sólo ha dejado en sus obras una clara apuesta por recuperar los enfoques de la psicología dinámica sino que afirmaba en una entrevista concedida a La Vanguardia el 16 de diciembre del 2002:
La idea de que nuestras emociones actúan por debajo del umbral de la conciencia, y que guían nuestros comportamientos conscientes, es muy buena desde el punto de vista de las neurociencias modernas. Las investigaciones que hemos hecho en los últimos diez años han demostrado precisamente que tenemos una actividad emocional preconsciente, y que sin ella, no podríamos tomar decisiones correctas. [...] En conjunto las ideas de Freud sobre la naturaleza de la conciencia coinciden con las de las investigaciones de neurociencias más modernas. Pienso que, a medida que pasen los años y acumulemos más datos sobre el funcionamiento del cerebro, la gente cada vez se dará más cuenta de que la neurología confirma muchas de las ideas de Freud. [...] Freud tenía razón en muchos puntos y debería tener más reconocimiento del que tiene hoy en día.


Si Freud sufre la desatención de la comunidad intelectual en la actualidad, la reivindicación de Jung (autor que consume estos días de lectura personal) me la dejaré en el tintero.

13.6.08

La falsa claridad y la perpetuación del orden existente.


Hace unos días aludíamos al empleo filosófico del lenguaje asociándolo con la normatividad. Pero podemos encontrar críticas análogas desde otros ámbitos:

El miedo del auténtico hijo de la civilización moderna a alejarse de los hechos, que por otra parte en la misma percepción están ya preformados esqueáticamente por los usos dominantes de la ciencia, en los negocios y en la política, es idéntico al miedo a la desviación social. Esos mismo usos definen igualmente el concepto de claridad en el lenguaje y en el pensamiento al que hoy deben adecuarse el arte, la literatura y la filosofía. En la medida en que dicho concepto califica de oscuro formalismo, o mejor, de ajeno al espíritu nacional, al pensamiento que procede negativamente ante los hechos y las formas de pensar dominantes, condena al espíritu a una ceguera cada vez más profunda. Forma parte de la actual situación sin salida el hecho de que incluso el reformador más sincero, que en un lenguaje desgastado recomienda la innovación, al asumir el aparato categorial prefabricado y la mala filosofía que se esconde tras él refuerza el poder de la realidad existente que pretendía quebrar. La falsa claridad es sólo otra expresión del mito. Éste ha sido siempre oscuro y evidente a la vez, y desde siempre se ha distinguido por su familiaridad y por eximirse del trabajo del concepto. (Adorno y Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, 2004, p. 54)