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20.9.08

Lávate!!! Leibniz dijo.


Leibniz era algo mezquino en cuanto al dinero. Cuando alguna dama de la corte se casaba, acostumbraba a hacerle lo que él llamaba un "regalo de bodas", consistente en las máximas útiles que terminaban con el consejo de no abandonar el lavado ahora que habían conseguido marido. La historia no nos dice si las novias quedaban agradecidas. (Bertrand Russell, Historia de la Filosofía, Espasa Calpé, Madrid, 2005, p. 603)


9.9.08

El futuro es América. Hegel dixit.


Resultan sorprendentes algunas previsiones que Hegel realizó hace ya más de dos siglos. A esto hemos de sumar que Hegel jamás dio especial importancia a los Estados Unidos de América, que se declararon independientes cuando Hegel tenía seis años. Dice Hegel al respecto a los Estados Unidos:


América es, pues, la tierra del futuro, en la que en el porvenir haba de revelarse la significación histórico-universal, acaso en un combate entre Norteamérica y Sudamérica...



Por si la estupefacción nos invadía al leer estas líneas en pleno siglo XXI Hegel agrega:

No es incumbecia del filósofo profetizar: en lo que se refiere a la historia, lo que nos incumbe, más bien, es lo que ha sido y lo que es; mas la filosofía, por el contrario, ni lo que meramente ha sido ni lo que meramente será, sino lo que es y es eternamente: la razón, con la cual tenemos suficiente ocupación. (G.W.F. Hegel, Die Vernunft in der Geschichte, ed. Hoffmeister, 1955, siguiendo los apuntes de los alumnos, p. 209)

8.9.08

El gen de la infidelidad, nuevo capítulo de una lucha eterna.


Con la física teórica relativamente estancada (en espera del LHC) y las neurociencias prometiendo desde la década de los 80' que cada nueva década será suya, aún sin cumplirlo, toda la expectación científica se ha enfocado en los avances de la genética. La biología reclama para si que este sí es su momento. Con el fiasco del genóma humano que, finalmente, resultó ser más complejo de lo que se esperaba, los avances vienen con cuentagotas. Es crucial para la genética el legitimar su disciplina aludiendo al peso específico que los genes tiene en la conducta humana. De esta manera el debate, eterno, entre naturaleza o entorno (nature/nurture) cada día se ladea más del lado de la naturaleza, aún sin llegar a sostenerse de ninguna manera el determinismo biológico, los avances en este sentido son cada día más sorprendentes.


En efecto, se hacen descubrimientos sobre la presunta naturaleza humana, descubrimientos que, por otra parte, no son neutrales: a la genética y a la biología en general les interesa más que nada legitimar su importancia teórica y tal legitimación depende de que la balanza caiga del lado de la naturaleza. En el caso contrario la responsabilidad teórica recaería, casi unívocamente, sobre las ciencias sociales lo cual, por otra parte, complicaría muchísimo la indagación teórica dado el estado embrionario de éstas. Las implicaciones políticas son obvias, aunque no sea el momento de sondearlas. La última noticia, presentada de forma bastante sensacionalista pero que parece tener una repercusión científica que puede conducir a los científicos directo al premio Nobel. La investigación, sin embargo, está teñida por rasgos ciertamente preocupantes. Inicialmente los investigadores parecen interesarse únicamente por la infidelidad masculina y heterosexual omitiendo al resto de sectores en una práctica que demuestra, una vez más, que sólo los márgenes de presunta normalidad estadística son los que interesan a la ciencia. La investigación, publicada en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences por un grupo de científicos del Instituto Karolinska de Suecia. La noticia emergía en los medios de comunicación extracientíficos a través de un artículos publicado en el Washintong Post en el que se aseguraba que la existencia de un determinado gen puede de gran ayuda para que el hombre mantenga su matrimonio. La investigación desvelaría que los poseedores del gen RS334, encargado de los niveles de segregación de vasopresina ( hormona relacionada con la respuesta sexual y los afectos) serían más propensos a los flirteos fuera de la pareja. Poseer esta variante genética aumentaría los niveles de vasopresina y, con ello, la incapacidad para mantenerse en la estricta monogamia, en definitiva, influiría sobre la capacidad de compromiso para con la pareja. La investigación, que contó con la participación de 1.024 varones heterosexuales estableció que aquellos varones que carecían de esta variante genética eran los más fieles a sus parejas mientras que los que poseían una copia o dos eran más propensos a la infidelidad, aumento exponencial según el número de copias. Pese a que la investigación parece apuntar hacia un cierto determinismo biológico los propios investigadores reconocen que el peso del entorno es mucho más determinante que la carga biológica aunque, al parecer, el 40% del peso lo tendrían los genes.


El hallazgo científico nos remite, nuevamente, a un debate que parece no tener una conclusión airosa. Es muy probable, con las investigaciones que tenemos a mano actualmente, que la postura más coherente se encuentre en la defensa de una postura intermedia. Por un lado la aceptación de una influencia muy importante de la genética sobre la conducta humana pero, a su vez, el establecimiento de una intermediación ambiental que no es menos importante. Desde el punto de vista evolutivo resulta muy difícil imaginar que el complejo mundo simbólico del ser humano tenga tantísimo peso como para romper la línea de continuidad entre el ser humano y otras especies animales. Todos sabemos que el peso de la naturaleza genética en los animales sí tiene un valor determinante en su conducta. Sostener que todo es entorno en lo que se refiere a los estímulos que desencadenan la conducta significaría renunciar al evolucionismo situando estableciendo que el mundo simbólico humano tiene una carga tal que se rompe la línea de continuidad, defendiendo así que si bien en los animales la genética lo es todo o casi todo en los humanos la genética no es nada o casi nada. En definitiva, las posturas, muy presentes en ciertos sectores políticos, que defienden una total influencia ambiental y la nula repercusión de la biología sobre la conducta estarían sosteniendo posturas peligrosamente antievolucionistas. Por el otro lado encontramos el naturalismo más o menos radical, con la sociobiología como punta de lanza. Otra postura que parece no poder sostenerse a día de hoy, en este caso, por el motivo contrario al anteriormente expuesto: sitúa la genética en una postura preponderante, demasiado, sobre el influjo ambiental.


En el terreno político, los sectores más a la izquierda tienden a enfatizar el peso del entorno y a negar, incluso, toda naturaleza humana. El motivo es lógico: sostener una total maleabilidad conductual del ser humano es más cómodo para el desarrollo de propuestas políticas utópicas. No sería necesario amoldar tales propuestas a ningún tipo de patrón conductual biológico sino que todo quedaría en manos de la pedagogía y los medios para propiciar un cambio social. El terreno para inventar e imaginar utopías políticas sería infinito y, a su vez, todas serían posibles (al menos en lo que a conducta humana se refiere). Por otra parte, el naturalismo desmedido es muy común entre los apologetas del estado actual de cosas pues encuentran en la situación actual (capitalismo salvaje) un despliegue natural de la conducta humana. En el medio encontramos una enorme franja donde varían las posturas políticas y teóricas y es donde, según mi criterio, está el auténtico campo de batalla en todos los sentidos. Desde luego que las posturas polarizadas, aún siendo muy comunes, pertenecen más al ámbito de lo que se desea creer en cada caso que al ámbito de un conocimiento fiable y, por ello, son inoperantes más allá de la mera propaganda.