
Como últimos coletazos al interesante libro de Hobsbawm me gustaría introducir algunas reflexiones que, siguiendo su hilo, proyectan un perfil de lo que está siendo y, posiblemente, será el siglo XXI.
Si el diagnóstico de Hobsbawm es, en algún punto, claro es en la aseveración de que el incremento de la violencia a pequeña escala es imparable y continuará creciendo. Como él mismo recalca la cima de barbarie acontecida entre 1914 y 1945 con su cénit absoluto en los últimos seis años de este periodo es difícilmente superable, sin embargo, esto no impide que en las décadas posteriores, del 50 en adelante y hasta el presente, la barbarie se venga multiplicando, nuevamente, de forma exponencial. Eso sí, ahora sus márgenes son más locales y su descentralización con respecto a los Estados más evidente. Europa estuvo azotada en siglos anteriores por la batalla religiosa, la ulterior secularización de la salvación, en forma de lucha ideológica, repitió las mismas masacres bajo el amparo de un desarrollo tecnológico muy superior. Hoy en día Hobsbawm sitúa el odio ideológico entre los factores fundamentales (p. 164 de la obra que venimos tratando) en el crecimiento de la violencia. Valga decir al respecto que Hobsbawm es marxista, o mejor, que lleva bien el marxismo o, en otra palabras, que es un marxista para bien. A título de vivencias he de reconocer que he visto muy pocas ocasiones en que la primacía de la ideología política en la identidad personal se lleve con dignidad o, al menos, con la dignidad suficiente. La mayoría de las veces es un mero pretexto para tratar a los demás con cierta violencia, simbólica o no. Lo cual, por cierto, no habla en contra de la posesión de una ideología fuerte y definida sino que, muy al contrario, me hace suponer que la ideología política puede ser leída como una mera secularización de la religión o, como apunté más arriba, un doctrinario de la salvación. En definitiva que la ideología es interpretada, en su posesión personal, en términos de verdad absolutos. Dejando a un lado el mero apunte anecdótico se produce al hilo de la lectura de Hobsbawm, un Hobsbawm que siendo un teórico fuertemente ideologizado considera la ideología un factor de riesgo social, un acicate para el conflicto, un interesante choque entre dos factores cruciales: por un lado la deseabilidad de una sociedad ideologizada y, por otro, el efecto inmediato de esa ideologización en forma de violencia y conflictividad o, en otras palabras, el empleo de la ideología como arma arrojadiza de acusación mútua. Obviamente, estamos aquí aludiendo al perfil perverso de la ideología que, por desgracia, es el más común. Este enfrentamiento cuasi dialéctico estaría, como implícitamente se lee en la obra de Hobsbawm, en el corazón de la situación política presente y, quizá por ello, merezca una reflexión que siga la línea marcada por el autor. En todo caso, es ésta y no otra la sombra central que, según mi criterio, proyecta el análisis del célebre historiador británico, con el sesgo de una enseñanza que subyace a todas las líneas escritas, una enseñanza que no es ya teórica sino biográfica y que, posiblemente, resida en la vida del propio autor, esto es: la inapelable deseabilidad de una alejamiento con respecto a la propia ideología que, sin renuncia alguna, permita circular el aire entre la vida y la política.