31.10.10
Cien años de soledad.
Roberto Bolaño. Entrevista.
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27.10.10
Breves notas sobre el realismo mágico II.
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Breves notas sobre el realismo mágico.I.
El empleo del realismo mágico en literatura encuentra sus orígenes en la obra del
guatemalteco Miguel Ángel Asturias pese a que, en cierta medida, como éste mismo aseguraba, no hace más que valerse del modo en que algunas culturas precolombinas supervivientes observan el mundo. Sin embargo, al mentar la etiqueta, un tanto desgastada, realismo mágico casi todos pensamos en García Márquez. Sin pretender aportar una definición al uso, en mi experiencia de lector, el “realismo mágico” es una sensación que impregna las atmósferas perfiladas por el narrador. Una atmósfera tal se logra, según mi criterio, mediante un cóctel de tres ingredientes básicos: la narración de sucesos cotidianos aderezados con la gracia de una prosa que evoca un cierto exotismo, estos sucesos cotidianos conviven sin extrañeza alguna con acontecimientos absolutamente extraordinarios pero sin causar en el lector una sensación de confrontación inasumible, muy al contrario, lo extraordinario se encaja con lo cotidiano como si formaran un perfecto puzzle. En tercer lugar, el “realismo mágico” presupone una suerte de “idealismo”, esto es, concibe el mundo como la representación de los sujetos. Hace unos días emitieron por TVE2 un reportaje sobre Miguel Ángel Asturias (por desgracia no logro localizarlo por internet) donde su esposa hablaba, muy cariñosamente, de su figura. En la entrevista hacía alusión al que, según Asturias, era el modo de ver el mundo de los mayas. Pese a la mixtificación éste insistía en el idealismo radical de algunas culturas oriundas de América; el maya, decía aproximadamente, cree que todo lo que le rodea es irreal y que sólo, tras esa trama, yace el verdadero hilo de lo auténtico. Es por ello que, según creo, el realismo mágico enfrenta lo extraordinario como lo “real” mientras que la “cotidianidad” se muestra como un mero espejismo que rodea y engalana los sucesos más significativos. En la colosal obra Cien años de soledad casi todos los hechos que marcan la narración acontecen de manera mágica o, en otras palabras, los hilos de la trama, aquellas circunstancias que modifican y hacen girar en uno u otro sentido el suceder adquieren su facultad causal, esto es, ejercen como causas precisamente por salirse del estrecho círculo de lo cotidiano o de lo comúnmente asumido como real. Y es en este punto donde me gustaría detenerme brevemente mediante un ejemplo, con el cual cierro esta breve anotación. Conforme con el extracto que sigue lo importante y decisivo no es la muerte que se narra sino el modo en que acontece y, en particular, las señales que la siguen. Sin más, dice en la página 156 según la edición promocionada por la RAE y demás academias (Ed. Alfaguara) de la recién citada novela:
José Arcadio siguió disfrutando de las tierras usurpadas, cuyos títulos fueron reconocidos por el gobierno conservador. Todas las tardes se le veía regresar a caballo, con sus perro montunos y su escopeta de dos cañones, y un sartal de conejos colgados en la montura. Una tarde de setiembre, ante la amenaza de una tormenta, regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para salarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó en la casa. Un hilo de sangre salió debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió la otra sala, aludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.
[…]
No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron tres veces con jabón y estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y limón, y por último lo metieron en un tonel de legía y lo dejaron reposar seis horas. Tanto lo restregaron que los arabescos del tatuaje empezaron a decolorarse. …
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26.10.10
La escritura como tabla de salvación. Roberto Bolaño.
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