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22.11.10

Anotaciones en torno a la obra "El hombre en busca de sentido" de Viktor Frankl.


No sé muy bien a través de qué senderos estos días me he encontrado leyendo a Viktor Frankl y, en concreto, su obra «El hombre en busca de sentido» (1980). Obra sencilla de eso que se ha venido a considerar «psicología humanista», rama en severo peligro de extinción. Al autor le gusta situarse como «tercera corriente dentro de la escuela de Viena», es decir, en cierta medida como sucesor de Freud (curiosamente he llegado, en parte, a Frankl leyendo al artífice del que podríamos denominar «gran cisma psicoanalítico», esto es, C.G. Jung). Sin embargo, en Frankl poco queda ya de Freud. Su teoría es infinitamente menos refinada y, quizá, por ese mismo motivo de más sencilla digestión. Frente a la «voluntad de placer» de Freud y la «voluntad de poder» de Adler (otro de los escollos que le surgió incipientemente al «dogma» freudiano) Frankl propone que el principio fundamental que rige la existencia humana no es otro que la «voluntad de sentido». Aspiración al placer y al poder no serían más que frutos de una «existencia frustrada» en lo referente al hallazgo del sentido.

Frankl se considera, además de seguidor de la línea psicoanalítica, un pensador existencialista y, curiosamente, aunque tan sólo cita a Sartre, al intentar afrontar las fuentes del sentido de la vida se hace eco, aunque vagamente, de un giro ontológico que Sartre, desde luego, no dio y que más bien nos suena a otra corriente que, quizá interesadamente, omite. Dice Frankl: «… el hombre no debería inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es él a quien se inquiere. En una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida por su propia vida, sólo siendo responsable puede contestar a la vida». Con esto evita Frankl asomar su teoría a los cauces de la necesidad trascendental, esto es, a la inevitable recurrencia a una dimensión trascendental de sentido donde el individuo se asoma para encontrar respuestas. Muy al contrario, el ser nos trae el sentido o, en otras palabras, el ser viene ya con el sentido dado y este no es otro que las circunstancias. Por ello mismo, Frankl asocia sentido y responsabilidad, responsabilidad para con las circunstancias. En otro momento afirma el autor: «Tenemos que aprender y después enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros».

Por lo demás, la obra, de la cual sólo dejo una anotación central, está dividida estructuralmente en dos partes. Una primera la dedica el autor a narrar su experiencia en un campo de concentración. Si bien fue el texto que más disfruté su interés teórico es tan ínfimo que resulta difícil comprender por qué el autor se empeña en narrar una vivencia tan trágica para fundamentar su «logoterapia». A su vez, esta incursión biográfica, interesante literariamente, le da a la obra un regusto poco serio en relación con los cánones actuales del debate científico, en este punto me alegro por la valentía de Frankl. La segunda parte la dedica a exponer, escuetamente, los principios básicos de la «logoterapia». Tan sucinta es esta parte que me atrevería a decir que en el párrafo anterior agoté el contenido que, filosóficamente, me parece más importante. En todo caso, me parece una obra de interesante lectura. Una tarde es suficiente para afrontarla, no deja resaca y resulta fructífera. Yo por mi parte, retomo el camino y vuelvo a Jung y a Eliade.