*Correción desde el móvil. Donde pone Fynch lease Lynch. A lo largo de todo el artículo. El corrector ha modificado todas las menciones. Las mías y las del artículo de Santamaría.
BLUEVELVET 1986.
DIRECCIÓN: David Lynch, PRODUCCIÓN: De Laurentiis Entertainment Group (Fred Caruso). GUIÓN: David Lynch, FOTOGRAFÍA:
Frederick Elmes. MONTAJE: Duwayne Dunham. MÚSICA: Angelo Badalamenti. DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Patricia Norris. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Kyle MacLachlan, Dennis Hopper, Isabella Rosellini, Laura Dern, Hope Lange. DURACIÓN: 120 min. Color.
Perdidas sus señas de identidad aglutinadoras a finales de los años cincuenta, el cine negro (o más bien el esqueleto descarnado de éste que permanece aún en pie a partir de esa fecha) sufre cada vez más la contaminación temática y formal de los otros géneros al mismo tiempo que ejerce también la suya propia en el territorio difuso de éstos. No es extraño encontrarse así, por citar tan sólo un ejemplo de cada uno de los casos, con películas que tienen componentes de ciencia ficción como Blade Runner (Blade Runner,1982; Ridley Scott), de terror como El silencio de los corderos (The Silence ofthe Lambs, 1990; Jonathan Demme), de comedias como Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Mistery Murder, 1993; Woody Alien) o con parodias sin demasiada gracia como Superdetective en Hollywood (Beverly Hills Cop., 1984; Martin Brest), que se construyen sobre buena parte de los motivos, temas y modos arquetípicos del cine negro, bien en su vertiente clásica o, más frecuentemente, moderna. Dentro de esta misma línea, pero situándose en la frontera difusa que separa el cine fantástico del thriller, se enclava Terciopelo azul, un filme de David Lynch que supone la segunda colaboración del cineasta con el productor Diño de Laurentiis, tras el fracaso que había supuesto su primer trabajo juntos: Dune (Dune, 1984). En esta ocasión, sin embargo, el director aceptaría rebajar sus salarios para ejercer un mayor control de la película y evitar, de alguna forma, los errores de la anterior producción. Ello le permitiría, por una parte, rodearse de su habitual equipo de colaboradores y, por otra, realizar una de las obras más personales, origina les e inquietantes de toda su carrera.
Como una explícita declaración de intenciones, la película se abre, a los sones de la canción que le da título, con unas imágenes edulcoradas, de tono naif, de una Norteamérica mil veces idealizada en postales, lienzos y películas: una cerca de madera recién pintada, unas flores rojas y amarillas, un camión de bomberos que pasa al ralentí mientras uno de sus ocupantes saluda a la cámara, unos niños que cruzan la calle, un hombre mayor que riega su jardín inmaculado. Un sencillo accidente (la manguera se enreda en unos arbustos) viene a trastocar la tranquilidad de ese universo apacible e irreal y el hombre sufre un ataque cerebral mientras la cámara avanza, en un incontenible travelling, a través de la hierba hasta detenerse en unos escarabajos que pelean por la comida entre la tierra viscosa y los detritus. A partir de aquí, y desarrollando esa voluntad programática de desvelar las oscuras pulsiones ocultas bajo la superficie pulida de las apariencias, la película sigue una aparente estructura de encuesta so pretexto de descubrir al propietario de una oreja que el hijo -Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) - del hombre de la manguera encuentra en mitad del campo. Ello supone la inmersión del protagonista en un submundo tenebroso habitado por una cantante -Dorothy Vallens (Isabella Rossellini)-, con la que mantiene relaciones sadomasoquistas un delincuente desequilibrado -Frank Booth (Dennis Hopper) que retiene secuestrado al hijo de aquélla-, por una banda de peligrosos traficantes, por un policía corrupto y por algunos otros extraños personajes. Al igual que un cuento maléfico, la película fluctúa entre las imágenes referenciales, e irónicas, de la Norteamérica idealizada de los años cincuenta con el añadido de la tópica historia de amor adolescente que se desarrolla entre Jeffrey y Sandy Williams (Laura Dern)- y el espesor del thriller psicológico de los años ochenta. Una dualidad que se traspasa también a la narración, al propio protagonista -a medio camino entre un detective y un pervertido, como afirma Dorothy- y que hace sentir constantemente la presencia de lo extraño y la amenaza de un submundo viscoso bajo la tranquila vida de la ciudad maderera de Lamberton. Una villa rural en cuya descripción moral se anticipan los contornos de la célebre Twin Peaks, popularizada por David Lynch en la serie televisiva del mismo nombre y protagonista de la película fallida del cineasta Twin Peaks. Fire Walk with Me (1992).
El sórdido y claustrofóbico apartamento en el que vive Dorothy es el centro donde converge ese mundo de extrañas pasiones y de violencia. La cámara se encierra dentro de él durante buena parte del metraje de la película para desvelar los contornos de los personajes que habitan ese turbio universo. Pero como si se tratase de un cáncer o de una muela cariada, el horror que se desarrolla en esa estancia extiende su influencia por la ciudad entera y deja sentir también su amenaza a lo largo de toda la narración, incluso en secuencias aparentemente tan triviales como el primer paseo entre Jeffrey y Dorothy, con ese travelling inquietante que se desliza a través de la copas de los árboles y del sonido del follaje.
Dotada de una gran fuerza visual y de un poderoso impulso narrativo, Terciopelo azul cuenta también en su haber con una espléndida banda sonora, en donde el trabajo de orquestación de Angelo Badalamenti se complementa con otras conocidas canciones ajenas («Blue Velvet», «In Dreams», «Misteryes of Love»...[sic]) para convertir esa banda casi en una protagonista más de la película. Su presencia a lo largo de toda la historia se convierte en un sugestivo apoyo de las imágenes (cuyo ritmo y tensión interna parece dictado, en ocasiones, por el desarrollo musical de la película) y del tono y de la atmósfera de la narración.
Un detective aficionado, un delincuente psicópata, un policía corrupto, un trío de asesinatos, unas buenas dosis de violencia y una aparente estructura de encuesta son algunos de los motivos que David Lynch recoge del thriller para realizar esta original incursión en las fronteras del género y para trazar, a partir de ellas, un turbio relato que hunde sus raíces en el territorio de lo extraño y, más allá aún, de las estructuras formales del cine fantástico. Una presencia esta última que encuentra expresión en la utilización reiterada de la cámara subjetiva a lo largo de toda la narración, en la iluminación y en la ambientación del apartamento de Dorothy, en la planificación de varias secuencias, en los primeros planos distorsionados de algunos de los rostros de los protagonistas, en los sonidos inquietantes que pueblan la banda sonora y en la creación de una atmósfera cuyos perfiles remiten al universo onírico de las pesadillas adolescentes, con el sexo y la violencia como ejes centrales de las mismas.
(Santamarina, A: El cine negro en cien películas, Madrid, Alianza Editorial, 1999.)