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16.2.11

La invención de Morel. Bioy Casares.


Para muchos ésta, "La invención de Morel", obra que vio la luz en 1940, es la obra maestra del autor argentino Adolfo Bioy casares. Cumplida la obligación de comenzar con una frase del habitual montón de "asevaraciones cansinas con las cuales se comienza una breve reseña" me lanzo a esbozar un par de ideas sobre la susodicha obra.


En el prólogo Borges, cómo no, hace una reivindicación de la ficción que, en definitiva, y dado que la novela por definición es ficción, en boca de Borges viene a significar algo así como: ya está bien de emplear el esfuerzo literario en trazar perfíles psicológicos extensos y detallistas hasta la extenuación, también es buen momento para abandonar la literatura que esconda, tras de sí algún tipo de intención ideológica (pese a que Borges no puede ser considerado un apolítico), estamos cansados, en este siglo XX, y ya el hartazgo venía tejiéndose en el XIX, diría el porteño, de soportar literatura costumbrista, naturalista, Bildungsroman y, cómo no, estamos hartos de los esfuerzos por hacer a los personajes tridimensionales. Queremos meras marionetas que encajen como piezas en sorprendentes historias, inverosímiles pero curiosas, en divertimentos de media tarde, en especulaciones cuasi filosóficas a colación de cualquier opúsculo desconocido, nota a pie de página de Leibniz o, siemplemente, del intento hermenéutico de rehacer un Quijote idéntido al de Cervantes prescindiendo del genio.


El prólogo de Borges, en definitiva, da miedo, es más, trasmite al lector un pavor absoluto. Muy borgiano. Sin embargo luego viene la obra de Bioy Casares.


El escritor argentino sitúa a su personaje principal en una isla, parece ser que desierta (¿o no?), a donde ha llegado huyendo de las autoridades que le acusan de un grave delito. Hasta aquí parece que estoy comenzando a narrar las triquiñuelas de la defenestrada, in extremis, serie LOST. Pronto aparecen otros acompañantes, y ya aquí soy impreciso con el concepto, pero continuo; acompañantes, digamos mal, con los que no puede mantener relaciones directas. Se presentan como mútuamente invisibles entre ellos, concretando, invisibles entre el náufrago y los habitantes previos. No es, sin embargo, de invisibilidad de lo que va la cosa. El grueso de la trama, creativa en su desenlace es éste, sin embargo, la obra despliega sabiamente una atmósfera de paranoia casi apocalíptica, ansiedad, permamentes sospechas acerca de la capacidad del personaje principal para dar y, por tanto, narrar la realidad (batalla que se pierde, de entrada, en toda batalla novelística pero también en "la cosa del vivir cotidiano").


En cuanto a el trazado, el perfíl de los personajes Borges resulta, en su introducción, un post-profeta, es decir, siguiendo el orden de la obra sus afirmaciones al comienzo son profecías de lo que vendrá, pero, bien mirado, Borges hubo de escribir el prólogo tras leer la obra lo cual le permite obtener los oropeles del profeta certero mediante esta burda trampa. Como decía, el profeta ya adelanta: los personajes no poseen perfíl ninguno, son bidimensionales, una cara, una estatura, una tez, cabello, algunos modales distintivos y dentro de su cabeza NADA. En este aspecto, y sólo en éste, lo que defiende Borges y consuma Casares es un salto con varios tirabuzones por detrás de Cervantes; ficción, lo llaman.


Con todo lo dicho no pretendo encender una cerilla y enfocar esa escritura, rústica y grotesca, impresa en la marmólea pared de la extraña cueva de este argentino. Una escritura que rece: "La inveción de Morel es una mierda" y, en especial, porque no es así. Muy al contrario, creo que no puede pedírsele a una novelita de este tipo que sea más que aquello que Borges llama obra de ficción pura, ése es su núcleo. Los personajes están ahí por y para la trama siempre en un segundo tramo, el desarrollo de la sorpresa, que se desenrrolla paulatinamente, es la prioridad, el núcleo de lo que se trata. Si Casares hubiera alargado la obra moldeándo los personajes o incluyendo algunas de sus inquietudes, dándole algún sesgo a sus relaciones (que en la obra se verá, era imposibles), si eso hubiera sido así, entonces estaríamos no sólo ante otra novela sino, radicalmente, ante un asunto sin ningún paralelo.


A título personal, he disfrutado con la lectura. Más que con una tarde a la sombra de Borges, por mentarlo una vez más. No sólo ha sido un disfrute, un divertimento, además ha sido una suerte de descubrimiento en el que, por eso de la finitud de la existencia, no seguiré ahondando.


Las aportaciones de la literatura a la filosofía o, mejor, de la literatura al pensamiento universal son por todos conocidas, por todos menos por los profesores y académicos a la vieja usanza, es decir, menos por todos los académicos en general. La aportación de esta obra al pensamiento es muy llamativa: no aporta nada. Claro que esto es una cuestión subjetiva, pero no creo que posea ninguna de esas ráfagas verbales sobre las que se puede uno detener a pensar durante algunas horas.


Me tienta poner una nota al final de estas líneas pero, con esfuerzo, no caeré tan bajo.

9.2.11

Entrevista insondable...

Como bien cuenta la entradilla a la noticia la entrevista que reproduzco es una entrevista póstuma, no porque la entrevista naciera muerta sino porque el interlocutor decidió tirarse por una ventana unas horas después de concederla. El periódico que la publicó en su día parece contentarse con la anécdota sin caer en la cuenta de que está hablando con alguien que ya había decidido su muerte, murió del golpe pero, como puede observarse, de un cinismo mal encaminado. Leamos la entrevista pero, cuidado, la postdata es crucial.

PERIODISTA. ¿Cuál es el futuro literario del formato electrónico?

EDGAR FRANZ MILTON. Me importa un carajo el formato. Yo me ocupo de los contenidos. Pienso en mis personajes. Como sigamos perdiendo el tiempo con este asunto, pronto no nos quedará una sola buena historia que descargar en esos putos aparatos.

P. ¿Pero no tienen ventajas? ¿No son más prácticos para viajar?

EFM. Hay que ser imbécil para viajar con libros. Un viaje ya es un libro. Y leer es un viaje.

P. ¿Y qué hay de la posibilidad de que el libro electrónico funde nuevas formas de escritura?

EFM. Acuérdese de la escuela, joven, si es que la aprobó. ¿Usted cree que la imprenta inventó a los escritores del siglo 15? No. Esos escritores propiciaron la imprenta. Ahora igual. Las formas de lectura y escritura de todo el siglo 20 han permitido la invención de Internet. Así que nada nuevo. Excepto para usted, que tendrá que volver a la escuela. Haga algún curso online.

P. Bien. ¿Consideraría justo aumentar el 10% de derechos de autor hasta un 25%?

EFM. Consideraría justo que la gente dedicase un 25% de su tiempo libre a leer. Para lo demás ya están las calculadoras. Y los impotentes como usted.

P. Ejem, prosigamos. ¿Está a favor de las descargas gratis?

EFM. Si son sobre su cara, sí. Yo no quiero libros gratis. Quiero comida gratis, zapatos gratis, coches gratis, teléfonos gratis, aspirinas gratis, whisky gratis. Sobre todo whisky.

P. ¿Y de la piratería con fines de lucro?

EFM. Ya tengo editorial, gracias.

P. Por eso mismo, ¿le parece lógico que las editoriales ganen mucho más que sus autores?

EFM. Las editoriales no ganan mucho más que los autores. Y suelen perder mucho más que los autores. Pregúnteme mejor por las distribuidoras.

P. Ok, ¿qué opina de las distribuidoras?

EFM. Eso no es asunto suyo. Es broma. Las distribuidoras son el eslabón inútil. Por eso caerán primero. Con las librerías pasa lo contrario.

P. ¿O sea?

EFM. O sea que usted está incapacitado para la deducción. O le gusta el whisky casi tanto como a mí. Las librerías son el eslabón más útil. Incluido el escritor. Quiero decir que los lectores las necesitan más que a nosotros. Los autores somos demasiados, las librerías muy pocas. Por eso Internet las salvará primero.

P. ¿Cómo? ¿Internet salvará a las librerías?

EFM. Definitivamente sí: usted bebe a deshora. Internet no sólo difunde libros electrónicos. Maldita sea. También sirve para localizar y comprar libros impresos. Estemos donde estemos.

P. Al menos no me negará que el libro electrónico acaba con el problema del peso.

EFM. Ese problema también lo tiene su madre. Y no se queja tanto. El peso es parte de lo real. La literatura es real. Lo virtual también. La vida pesa. Sólo la muerte es ingrávida.

P. Mejor terminemos. ¿Llegará el día en que leer una novela digital sea tan agradable y cómodo como leer una novela impresa?

EFM. Leer una novela no es cómodo ni agradable. Todo lo contrario. Debe ser algo incómodo. Y un poco terrible. Igual que ser su esposa. Buenas tardes.


P.D: Lo que lamento verdaderamente es que esto no sea más que una invención de Andrés Neuman. Ciertamente si no fuera así habríamos de lamentar una muerte pero, por otra parte, podríamos entregarnos a disputas casi metafísicas acerca de la posibilidad de sufrir una indigestión de posmodernidad. En todo caso, volviendo a la entrevista, dos lecturas dan mucho para reflexionar.