Páginas

17.5.11

La era posideológica.


Interesante artículo, nuevamente por motivos ególatras, es decir, porque es mío y del cual se puede disfrutar (o sufrir) en canariasactual.com. Sin más les dejo con él:

Con cierta extrañeza se añade a las sociedades de los autodenominados países occidentales el epíteto deposideológicas. Y el término no deja de ser una suerte de subterfugio que esconde un oscuro trasfondo: la presunta posideología, que semánticamente parece aludir a una superación, quién sabe si hegeliana de los conflictos ideológicos, alude realmente a la pretensión del stablishmen político-mediático de dibujar una ciudadanía que ha aceptado, sin rechistar, una líneas políticas que son indubitables. Así, siendo las directrices claras e invariables, poco tiene que decir el ciudadano que, al fin, puede dedicarse a sus menesteres y dejar a un lado el acontecer político. Por otra parte, el término es útil, en los labios de aquellos que lo usan, para referir una sociedad, muy especialmente en lo que atañe a la juventud, despreocupada de las cuestiones políticas y, por añadidura, ideológicas. Sin embargo, lo que se esconde tras el manoseado término está bastante alejado de estas consideraciones. Las sociedades posideológicas no son otra cosa que sociedades desencantadas, no porque carezcan de ideología sino, muy al contrario, porque su ideología o, mejor, la pluralidad de ideologías de la ciudadanía resuenan como un eco al que nadie contesta.

Seguir leyendo.

A un paso de la barbarie.


Después de unas largas vacaciones vuelvo a la actividad y me gustaría hacerlo recomendando un artículo, no porque sea especialmente bueno, sino porque es mío :D. La foto ha sido tomada con total conciencia. Sin más:

La cultural occidental, esa extraña entelequia que ha reinado, según su propio criterio, durante los últimos dos milenios y medio ha fabricado en torno a su propia construcción conceptual ficticia un cúmulo de dogmas. Con afilada perspicacia los pensadores posmodernos popularizaron en la década de los sesenta del siglo pasado la noción de metarrelato enfatizando, a su vez, su función netamente ideológica para aludir a los cuentos más o menos inverosímiles que se han venido edificando con motivo de, en primer lugar, presentar la idea de una civilización occidental monolítica y diferenciada y, en segundo lugar, vender al gran público su superioridad moral, política, económica y de todo tipo. El gran metarrelato, la inmensa película occidental, urdida con motivo de la Ilustración esboza una historia, ni más ni menos que la historia occidental, tantas veces llamada, sin rubor, historia universal, de permanente progreso en todos los ámbitos, de domesticación paciente, no se sabe por quién, del homo sapiens hasta hacerlo devenir, al fin, se dice, en ser humano. Este metarrelato progresista tiene su anverso perfecto en el cuento decadentista adaptado para el uso ultraconservador que alcanzó su mayor popularidad con motivo de la inmensa e indocumentada obra de Oswald Spengler y que, de una u otra forma, encontró secuaces en figuras tan variopintas como Ortega, el propio Heidegger, y más recientemente en ideólogos delrégimen neoconservador como Samuel Huntington. En una u otra versión del metraje decadentista la civilización occidental se ve amenazada de muerte en sus valores por la amenaza islamista, por la decadencia poco menos que orgánica, por la irrupción de la cultura de masas, y así hasta el hastío. Pese a todo, tanto la cara como la cruz de los magnánimos metarrelatos contienen un mismo punto de partida: somos seres civilizados, nuestras sociedades están bajo control, somos dignos de considerar superada la barbarie en nuestro seno. Luego queda en el gusto del teórico apuntar hacia arriba o hacia abajo, hacia la decadencia o el progreso.


Seguir leyendo.