"Las revoluciones einstenianas conciernen a las fórmulas en las que se trata la Physis idealizada e ingenuamente objetivada. Pero como fórmulas y objetivaciones matemáticas en general ellas reciben su sentido del trasfondo de la vida y del mundo circundante intuitivo, del que no sabemos nada; y así Einstein no reforma el espacio y el tiempo en el que transcurre nuestra vida fluyente.La ciencia natural matemática es una técnica maravillosa...Es, como operación, un triunfo del espíritu humano. Sin embargo, en lo que concierne a la racionalidad de sus métodos y de sus teorías, ella es completamente relativa...En la medida en que el mundo circundante intuitivo, meramente subjetivo, es olvidado en la temática científica, es también olvidado el sujeto actuante mismo...Por lo tanto, desde este punto de vista, la racionalidad de las ciencias exactas se encuentra paralela a la racionalidad de las pirámides egipcias." (Die Krisis, p. 343, Abhandlung I).
19.2.12
Pirámides y ciencias naturales. Husserl afirma...
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Fenomenología,
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Husserl
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5.2.12
Corrientes de pensamiento dentro de las Relaciones Internacionales.
Se pueden detectar, siguiendo un trazo bastante grueso del asunto, tres tradiciones fundamentales en la teoría política acerca de las Relaciones Internacionales, siendo, a su vez, un esbozo general útil para abordar, por ejemplo, la pugna política de las diferentes ideologías. Resulta llamativo, sin embargo, que se aborden tres corrientes de pensamiento cuando, en la práctica, parece imperar, sin ningún lugar a dudas, tan sólo una perspectiva: el realismo político. Me detendré brevemente en su exposición:
El realismo político parte de una concepción antropológica profundamente pesimista a la vez que suficientemente verificada por la historia. El ser humano, enunciaría un realista, es ante todo una especie egoísta, belicosa, calculadora e interesada. En el fondo, el ser humano se presenta así como la mera proyección de una imperiosa voluntad de poder, por valernos de la noción nietzscheana. En un marco de permanente lucha de "todos contra todos" las relaciones internacionales pero, también, la política en genera,l se convierte en una actividad donde la astucia y la habilidad, cual Odiseo descolorido, se afianzan como las virtudes ineludibles para el político. El juego estratégico se desarrolla, en gran medida, en el ámbito del Derecho como expresión y sanción del poder ejercido, como régimen textual y práctico coactivo y como muestra del poderío. Si buscamos antecedentes en el pensamiento occidental es fácil recurrir a Maquiavelo o Hegel (para quien la guerra tiene una labor incluso "purificadora") pero, también, se pueden encontrar trazos de darwinismo social donde la batalla por el poder logra dejar por el camino a los más débiles y mejorar la posición, a la vez que la afianza, de los más poderosos. Pese a la habitual tendencia de EEUU a cerrarse, en lo que concierne a las relaciones internacionales, en el interior de los márgenes marcados por los problemas internos, en las últimas décadase ha hecho evidente, con inspiradores como Kissinger, que su modo de proceder es éste; aplicar la fuerza muchas veces traspasando todo tipo de límites sobre las naciones o regiones más débiles que, a su vez, han venido revistiendo algún tipo de interés geoestratégico.
Una segunda perspectiva donde se deja entrever el temple de pensadores ilustrados, tanto de la Modernidad como de la Antigüedad, estaría encarnada por el racionalismo político. Los supuestos antropológicos son suavizados haciéndolos caer del lado del optimismo moderado. Ciertamente, la vida social exige en ocasiones el ejercicio de la fuerza y la violencia, sin embargo, mediante el cultivo de la templaza, el sosiego, la sociabilidad y, muy particularmente, la educación, piensan los defensores de esta postura, sería posible suavizar, aterciopelar, las relaciones políticas entre Estados-naciones y, en términos generales, las relaciones políticas de toda índole. A la memoria acude, ipso facto, la filosofía de Platón y su énfasis de la educación como factor que conduce a la sabiduría, más allá de cuál fuera su postura ontológica. En la Modernidad figuras como Kant desarrollaron en su inmensa obra ideas que se encuetran en consonancia con esta postura. Para el racionalismo político el gran problema de la guerra puede ser evitado empleando mecanismos de otro tipo; ya sean diplomáticos, ya sean económicos, sociales o culturales. En el fondo, el racionalismo parece intentar lanzar un órdago al diálogo, a las posturas comedidas.
Finalmente, en tercer lugar, podría situarse el revolucionarismo político como una postura que comparte con el realismo político un punto de partida antropológicamente pesimista pero que aún confía en el cambio, casi siempre drástico, de las estructuras de poder, en algunas ocasiones por vía violenta. El pensamiento revolucionario, y en esto remito al pensamiento de la gran politóloga y filósofa H. Arendt, se esfuerza por lograr un nuevo inicio, como si con ello fuera posible, de una vez por todas, erradicar los males sociales. Es inevitable pensar rápidamente en la filosofía de Karl Marx, modalidad bastante atemperada del revolucionarismo político a la vez que señera.
Saliendo, por un momento, del ámbito de las relaciones internacionales, las líneas abordadas parecen remitirnos, de forma holística, a todas las relaciones políticas posibles; desde el más elemental trato social, hasta las dinámicas de partidos, las batallas ideológicas y, como no, las pugnas violentas entre naciones. Lo interesante es que, salvando la opción abierta por las posturas revolucionarias, a día de hoy, se puede considerar fracasado en toda su magnitud el paradigma ilustrado, al menos, con las herramientas actuales. Las posturas revolucionarias encierran un nudo tan trabado de contradicciones y paradojas que también se desnudan ante los ojos del teórico como posturas de difícil, si no imposible, aplicación. Entonces, por descarte, queda el realismo político como opción, sin duda, molesta y poco deseable que abre la reflexión política más elemental sobre las vías posibles para deshacer las relaciones de poder que inunda y aplastan a personas, naciones, culturas, géneros, etc…
El realismo político parte de una concepción antropológica profundamente pesimista a la vez que suficientemente verificada por la historia. El ser humano, enunciaría un realista, es ante todo una especie egoísta, belicosa, calculadora e interesada. En el fondo, el ser humano se presenta así como la mera proyección de una imperiosa voluntad de poder, por valernos de la noción nietzscheana. En un marco de permanente lucha de "todos contra todos" las relaciones internacionales pero, también, la política en genera,l se convierte en una actividad donde la astucia y la habilidad, cual Odiseo descolorido, se afianzan como las virtudes ineludibles para el político. El juego estratégico se desarrolla, en gran medida, en el ámbito del Derecho como expresión y sanción del poder ejercido, como régimen textual y práctico coactivo y como muestra del poderío. Si buscamos antecedentes en el pensamiento occidental es fácil recurrir a Maquiavelo o Hegel (para quien la guerra tiene una labor incluso "purificadora") pero, también, se pueden encontrar trazos de darwinismo social donde la batalla por el poder logra dejar por el camino a los más débiles y mejorar la posición, a la vez que la afianza, de los más poderosos. Pese a la habitual tendencia de EEUU a cerrarse, en lo que concierne a las relaciones internacionales, en el interior de los márgenes marcados por los problemas internos, en las últimas décadase ha hecho evidente, con inspiradores como Kissinger, que su modo de proceder es éste; aplicar la fuerza muchas veces traspasando todo tipo de límites sobre las naciones o regiones más débiles que, a su vez, han venido revistiendo algún tipo de interés geoestratégico.
Una segunda perspectiva donde se deja entrever el temple de pensadores ilustrados, tanto de la Modernidad como de la Antigüedad, estaría encarnada por el racionalismo político. Los supuestos antropológicos son suavizados haciéndolos caer del lado del optimismo moderado. Ciertamente, la vida social exige en ocasiones el ejercicio de la fuerza y la violencia, sin embargo, mediante el cultivo de la templaza, el sosiego, la sociabilidad y, muy particularmente, la educación, piensan los defensores de esta postura, sería posible suavizar, aterciopelar, las relaciones políticas entre Estados-naciones y, en términos generales, las relaciones políticas de toda índole. A la memoria acude, ipso facto, la filosofía de Platón y su énfasis de la educación como factor que conduce a la sabiduría, más allá de cuál fuera su postura ontológica. En la Modernidad figuras como Kant desarrollaron en su inmensa obra ideas que se encuetran en consonancia con esta postura. Para el racionalismo político el gran problema de la guerra puede ser evitado empleando mecanismos de otro tipo; ya sean diplomáticos, ya sean económicos, sociales o culturales. En el fondo, el racionalismo parece intentar lanzar un órdago al diálogo, a las posturas comedidas.
Finalmente, en tercer lugar, podría situarse el revolucionarismo político como una postura que comparte con el realismo político un punto de partida antropológicamente pesimista pero que aún confía en el cambio, casi siempre drástico, de las estructuras de poder, en algunas ocasiones por vía violenta. El pensamiento revolucionario, y en esto remito al pensamiento de la gran politóloga y filósofa H. Arendt, se esfuerza por lograr un nuevo inicio, como si con ello fuera posible, de una vez por todas, erradicar los males sociales. Es inevitable pensar rápidamente en la filosofía de Karl Marx, modalidad bastante atemperada del revolucionarismo político a la vez que señera.
Saliendo, por un momento, del ámbito de las relaciones internacionales, las líneas abordadas parecen remitirnos, de forma holística, a todas las relaciones políticas posibles; desde el más elemental trato social, hasta las dinámicas de partidos, las batallas ideológicas y, como no, las pugnas violentas entre naciones. Lo interesante es que, salvando la opción abierta por las posturas revolucionarias, a día de hoy, se puede considerar fracasado en toda su magnitud el paradigma ilustrado, al menos, con las herramientas actuales. Las posturas revolucionarias encierran un nudo tan trabado de contradicciones y paradojas que también se desnudan ante los ojos del teórico como posturas de difícil, si no imposible, aplicación. Entonces, por descarte, queda el realismo político como opción, sin duda, molesta y poco deseable que abre la reflexión política más elemental sobre las vías posibles para deshacer las relaciones de poder que inunda y aplastan a personas, naciones, culturas, géneros, etc…
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