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10.7.12

La crisis de Europa y el fin del Euro

Aún algunos sostienen que la situación es temporal, que el proceso actual no es un proceso histórico de una profundidad aún no perceptible.

Hace unos días se emitía en TVE el magnífico reportaje que ahora comparto sobre el futuro de Europa.


8.7.12

Grandes pesadores: Paul Ricoeur.

Excelente reportaje sobre la vida y obra del filósofo francés Paul Ricoeur que merece ser visto con atención.

6.7.12

La relación entre la esclavitud económica y la redistribución de la riqueza


               
Resulta necesario, aún hoy en día, volver sobre la necesidad de que el modelo económico prime la redistribución de los recursos, bien sea a través de los impuestos, de los servicios que se prestan desde el sector público e, incluso, a través de modelos de ayudas directas a los sectores más desfavorecidos. Y no sólo parece, sino que es necesario, porque en las últimas décadas viene aflorando el viejo demonio que conmina a los ciudadanos a convencerse de que la redistribución de la riqueza es una forma de robo. Se conoce que este es uno de los caballos de batalla propios del neofeudalismo disfrazado de liberalismo económico. Uno de los argumentos centrales está presente en la propia historia de la humanidad.
                
 No es sencillo dividir la historia de la humanidad en diferentes fases productivas; Marx insistió en los modos de producción a lo largo de la historia: desde la esclavitud hasta la sociedad de clases. Muchos teóricos, ajenos a las propuestas marxianas, se muestran convencidos de que es posible establecer que, al menos, han existido cinco clases de sociedad profundamente diferenciadas: las sociedades primitivas comunales, las sociedades esclavistas, los sistemas de castas, las sociedades feudales y las sociedades divididas por clases. Las últimas cuatro estaciones de la humanidad se caracterizan por elevarse hacia una mayor desigualdad entre los miembros de una misma sociedad. En cierta medida, se puede afirmar que las últimas tres fases son una extensión enmascarada de las sociedades esclavistas; menos evidente en la fase actual pero absolutamente claro cuando primaba el orden feudal o, en Asia, los sistemas de división por castas. Finalmente, cuando se ha impuesto la división de las personas conforme a clases la posibilidad de ascender (o descender) a través de las clases sociales y, presuntamente, hacerlo en relación directa con los méritos de formación y trabajo ha servido para aliviar la deslegitimación inminente del modelo de estratificación social.

La frontera que permite establecer la esclavitud viene dada por el paso de las sociedades recolectoras y cazadoras a las sociedades agrícolas en la conocida revolución neolítica. La agricultura permitió la creación de amplios excedentes y, con ello, que la acumulación de riqueza comenzara a dar lugar a desigualdades nunca antes vistas. La vida de los seres humanos mejoró considerablemente, empezó a ser más cómoda y los asentamientos pudieron, al fin, establecerse de forma definitiva, quedando atrás el nomadismo. Sin embargo, ipso facto, se elevó a la cotidianidad el sometimiento de los menos poderosos a manos de aquellos que poseían mayor riqueza. Muy rápidamente la esclavitud abrazó al grueso de las grandes comunidades agrícolas. La acumulación en pocas manos de la gran parte de la riqueza fue el pórtico para una vida de pesadilla para una gran mayoría. Ampliando la perspectiva se muestra como inversamente proporcional la libertad y la acumulación de la riqueza: cuando la riqueza quedaba en manos de unos pocos la libertad se veía abolida y la esclavitud, en sentido lato, eran las cadenas de la grandísima mayoría. Esta lección que la arqueología y, de manera más tímida la antropología contemporánea, han venido a verificar una y otra vez hace patente una evidencia que, pese a todo, se nos hurta una y otra vez en el debate ideológico imperante. La libertad no se aumenta al permitir que la riqueza se acumule en unos pocos (liberalismo económico) sino, a la inversa, la libertad se ve dañada severamente cuando la riqueza no es redistribuida siguiendo criterios de mesura y justicia. No implica ello que la redistribución conduzca a una igualdad económica absoluta. La línea se encontraría, según mi criterio, en la redistribución necesaria para evitar que los regímenes de esclavitud, absoluta o simbólica, sean posibles. Es decir, que la redistribución debe asegurar la dignidad de todos y cada uno de los ciudadanos sin usurpar el aliciente del esfuerzo que conduce al enriquecimiento. 

Viene bien recordar esta conclusión que las ciencias sociales parecen manejar con un alto grado de consenso ahora que las políticas que se imponen a escala planetaria se caracterizan por deshacer todos los resquicios de economía redistributiva, cuando la solidaridad entre ciudadanos se está deshaciendo del todo a manos de la clase dirigente y las élites económicas. Es necesario reincidir en este argumento para hacerles ver a los defensores de la libertad, en términos abstractos e individualistas, que ésta se logra, de manera efectiva, incidiendo profundamente en criterios de igualdad y dignidad económica, sin menoscabo de los matices que puedan dar lugar a la pluralidad necesaria. Y, finalmente, que las sociedades más cerradas que cabe imaginarse son justamente aquellas donde la esclavitud campa a sus anchas sin ningún tipo de limitación.