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28.9.12

Javier Marías: Mañana en la batalla piensa en mí

«Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda.» 

Javier Marías ha tenido una idea, de eso hace ya un tiempo, y queda reflejada en la primera línea. Es una idea única, una sola muesca en la trama. Narrada en primera persona «Mañana en la batalla piensa en mí» cuenta la historia de un hombre que, en su tercera cita, y en los albores de mantener la primera relación con una amante –casada– se encuentra, sin mediación alguna, con un cadáver en la cama, un bebé en la cuna y una casa desconocida. El cadáver no es otro que el de la mujer que apenas conoce. A partir de ahí y en una improvisación evidente el autor teje, a través de no más de seis escenas y siguiendo un ritmo hipnótico, la narración de la búsqueda de respuestas ante la muerte singular pero, en definitiva, como no podía ser de otra forma, ante la muerte en términos generales. Como la labor es, de antemano, imposible el personaje, el autor y el lector no llegan a ningún puerto.

 Javier Marías logró con esta obra de con esta obra de 1994 mantener el nivel de popularidad alcanzado en 1992 con la novela «Corazón tan blanco» siguiendo la costumbre de narrar en primera persona y con un tono más volcado hacia la reflexión que hacia la acción, una vocación intimista, con tonalidades cínicas, y una prosa embriagadora donde los acontecimientos no devienen mediante situaciones forzadas sino que sucede como si de meras casualidades se tratara. Quizá lo más destacable de Javier sea la pretensión, siempre presente, de aportar algo más que unos hechos vacíos, es decir, de dotar de sentido a los acontecimientos. A su vez, los personajes, dotados de una conciencia que se hace más o menos transparente, adoptan un perfil bastante bien definido. Todo ello está acompañado por un uso bastante inteligente de la temporalidad; tomar algunas escenas y acontecimientos muy destacados, no más de una decena, y desarrollarlos de forma descriptivamente completa, acompañados del vaivén de la conciencia del agente. El uso lingüístico es humilde, aunque la sintaxis no deja de ser compleja y hasta enrevesada, acompañando la fluidez, casi suavidad, de los sucesos con la laxitud de la prosa. Esta obra, como casi todas las de Marías, no se prestan a la reseña y es por ello que, siendo esto una labor más o menos baldía, sólo cabe recomendar su lectura.

«Aquella era mi voz, aquel era yo hacía unos días, cuando todavía no era seguro que Marta Téllez y yo fuéramos a cenar y a vernos por tercera vez, tras la charla de pie en un cocktail la tarde que nos presentaron y un largo café tomado días después días después ya con pretextos infames, todo cortejo resulta ruin si se lo ve desde fuera o se lo recuerda, una mutua manipulación consentida, el mero cumplimiento trabajoso de un trámite y la envoltura social de lo que no es más que instinto.»